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No hay adversidad en la vida. ¡Sólo oportunidades! Aquello que consideramos adversidad puede que sea la lección que necesitamos aprender. 

 - Gururaj Ananda Yogui -

Psicología

La vida es el mayor regalo de la existencia. Es una experiencia llena de sentido y trascendencia. Un regalo que nos puede enseñar a conectar con la belleza, la paz, la armonía, el amor, en fin, todo eso que consideramos como bueno, como meta de nuestros más elevados ideales.

El problema es que no siempre conseguimos apreciarlo así y sufrimos, e incluso en casos peores somos testigos de cómo nuestra vida se ha convertido en un tormento en el que todo es caos y nada tiene sentido.

En un mundo súper competitivo e híper racional y en el que sólo parece escucharse el “sálvese quien pueda” hemos dedicado mucha energía a crear defensas, corazas y barreras que una vez instaladas en nuestra mente comienzan a saltar automáticamente haya peligro o no. Nos hemos convertido en buscadores de guerras para alimentar nuestros escudos y corazas de una forma inconsciente, pero esto es así porque hemos creado apego y dependencia sobre ellas y nos parece algo incuestionable. El resultado es, según los casos, una vida llena de miedos y fobias hacia todo, crisis de ansiedad y ataques de pánico, de conflictos y agresividad con los demás y sobre todo con los más allegados, de paranoias, de adicciones a modo de anestesia, escape o búsqueda de paraísos perdidos, de vacío y angustia existencial y un largo etcétera de oscuras posibilidades de la mente humana.

Es en este punto en donde la psicoterapia cobra un valor fundamental ayudándonos a traer a nuestra consciencia todas esas barreras que a modo de condicionamiento nos trasmitió nuestra civilización, nuestra cultura, nuestro país y ciudad, y aún más allá y tal vez más importantes, las heridas y corazas de nuestra biografía personal y familiar.

El trabajo de “consciencia”, eje fundamental del proceso terapéutico que proponemos, es el primer paso para ir poniendo las cosas en su sitio, para distinguir lo que es un puro añadido de lo que es genuinamente nuestro, para diferenciar lo que es mente condicionada o reactiva de la mente que es capaz de estar en el más absoluto presente. No podremos ser libres, no podremos tener una vida plena en paz y en tranquilidad, no podremos alcanzar la prosperidad a no ser que hayamos descubierto plenamente nuestra más profunda y verdadera esencia, a no ser que seamos capaces de escucharnos en todas nuestras dimensiones e integrarlas y así obrar con perfecta coherencia y armonía, a no ser que equilibremos nuestra cabeza excesivamente pensante y adulta con nuestro niño herido y arrinconado, a no ser que quedemos en paz con nuestro pasado, y a no ser que desarrollemos nuestro potencial infinitamente creativo que nos conecta con la belleza, la ternura, el amor y el respeto a nosotros mismos, al prójimo y a la existencia.

 

La psicoterapia se revela entonces como un potente proceso de autoconsciencia, crecimiento y liberación de lo reprimido y estancado en el que el terapeuta acompaña, refleja, apoya y asiste a la persona en su camino de vuelta a un interior en el que hay mucho dolor estancado; sólo volviendo a casa se puede traer limpieza y luz a ella. La labor del terapeuta es pues muy delicada y sensible, la escucha necesita ser muy profunda y limpia, la aceptación hacia el cliente plenamente incondicional y la química entre ambos la suficiente para formar la correcta alianza terapéutica. Estas condiciones básicas ayudan al cliente a establecer unas nuevas bases en la estructura de su mente. Al sentirse escuchado entra en un espacio de mayor libertad interna en la que se permite contactar con una seguridad, fuerza y confianza propias y desconocidas o quizás olvidadas hasta ese momento.

En este punto y de acuerdo a nuestro método de trabajo estaríamos ya preparados para abordar la cura de la herida familiar, entendiendo esta herida como mecanismo básico de transmisión generacional de nuestro condicionamiento más limitante y negativo. Abordaríamos aquí un proceso descondicionante de patrones negativos de conducta y de la estructura a la que dan forma, permitiéndonos acceder a un espacio de correcta maduración en la que el equilibrio entre instinto, corazón y cabeza comienza a armonizarse y consolidarse abriéndonos así la puerta a nuevas posibilidades entre las que estarían un acceso a la creatividad, a la espiritualidad y a una mayor consciencia existencial y trascendente.

 

A partir de ese momento que acabamos de describir en el que curamos a nuestro niño herido, que conseguimos un adulto equilibrado, que nuestro cuerpo comienza a verse mínimamente libre de tensiones emocionales y somatizaciones nuestra vida habrá dado un giro irreversible. Ese nuevo espacio descrito, aunque lleno de plenitud, creatividad y libertad abre una nueva etapa en el trabajo en psicoterapia para ayudarnos a adaptarlo a nuestra mente. Toda una vida manejando la negatividad nos deja desnudos y sin saber que hacer cuando se presenta la felicidad y los buenos sentimientos, la antigua programación tratará de recobrar su espacio perdido aunque no lo hará con la misma fuerza. La meditación trascendental, la atención plena y otras técnicas nos serán de ayuda en todas las fases pero sobre todo en esta.

Una psicoterapia de corte profundo también tiene en cuenta el cuerpo como almacén de cargas y somatizaciones, fruto de nuestra lucha interna entre lo racional y lo emocionalmente reprimido. El manejo de la gestión emocional tanto en consulta como en trabajos específicos, la descarga psicocorporal, el trabajo de estados no-ordinarios de consciencia, la armonización mediante sonoterapia y otros, se convierten en elementos imprescindibles de la psicoterapia que aquí facilitamos en cualquiera de las etapas descritas.

El proceso terapéutico es pues un camino de vuelta a lo sencillo, a nuestro interior, a nuestra esencia y sobre todo de vuelta al presente para vivirlo plenamente en el aquí y el ahora con lo que ese presente nos entrega. Sólo lo presente es real.

 

Poquito a poco vamos comprobando y experimentando que la vida es en realidad un regalo grandioso que merece ser vivido y honrado. Un regalo en el que la paz, la tranquilidad, la alegría, la felicidad, el amor y el respeto a nosotros mismos, al prójimo y a la existencia tienen plena cabida.

Proceso Terapéutico

La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar.
- Carl Rogers-